EP01 Isabel la Católica 09 La Batalla de Toro

1476_batalla_toroEsta es la batallita del abuelo. Épica como la que más. Ríete tú de la trilogía del señor de los anillos. Juego de Tronos es Candy Candy al lado de lo que se coció a las puertas de Toro. Sangre, sudor y lágrimas en la estepa castellana. Sin despeinarse.

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Juana estaba destinada a suceder a su padre, Enrique IV, en el trono de Castilla.

Muerto Enrique, su testamento desapareció de la faz de la tierra como por arte de magia o como por milagro, según se mire. Isabel, 23 años, de profesión conspiradora, amparada por el poderío militar de Aragón gracias a su boda tramposa con Fernando, se declaró reina de Castilla.

Alfonso V de Portugal, tío carnal de Juana por parte de madre, amante de la guerra por parte de padre y conocido como “el Africano” por parte de sus conquistas allende el Mediterráneo, aprovechando que el reino de Castilla estaba patas arriba, cruzó la frontera con su ejército, se casó con su sobrina, 12 añitos, se proclamó rey de Castilla, estableció su cuartel general en Toro (Zamora), se aseguró el apoyo de Luis XI de Francia y declaró la guerra a Isabel.

Los futuros Reyes Católicos, viéndolas venir, se armaron hasta los dientes para demostrar una superioridad numérica militar aplastante.

En febrero, el ejército portugués, reforzado por las tropas del príncipe Juan, acometió el asedio de Zamora. Hay quien dice que el cerco fue un grave error de estrategia. Era invierno, y en Zamora, en febrero, ya se sabe. Lo de las mantas zamoranas es por algo. Así que los portugueses, que estaban a la intemperie, se veían expuestos a… los rigores del clima continental.

Dentro de la ciudad, algo más calentitos, las tropas de Fernando estaban mucho mejor, dónde va usted a parar.

* * *

Estamos en el 1 de marzo de 1476. Amanece en Zamora. Un día frío, con niebla, llovizna. Alfonso V decide que ya está bien y pone fin al asedio, levanta el campamento y se retira con sus hombres hacia Toro. El ejército portugués y los leales a Juana, cansados, desmoralizados, muertos de frío, se ponen en marcha, dirección a Toro.

Fernando no quiere perder la oportunidad de dar un giro a la guerra. Arenga a sus tropas y ordena que se lancen tras los portugueses. Y allá van…

A unos 5 kilómetros de la ciudad de Toro, a unos 30 de Zamora, las tropas fernandinas alcanzan a las tropas portuguesas. El combate es inevitable.

A un lado del campo de batalla, las tropas portuguesas de Alfonso el Africano. Si gana, los destinos de Castilla quedarán unidos a los de Portugal.

Al otro lado, Fernando de Aragón, defensor de los intereses de aquí su señora, Isabel. Si gana él, los reinos de Aragón y Castilla formarán una nueva alianza estratégica;los portugueses se volverán por donde han venido; y Juana se quedará sin corona y será para siempre la Beltraneja.

Los portugueses no es que estén muy ordenados, que digamos. En el centro de su ejército, el rey al mando de cuatro cuerpos de infantería, los caballeros castellanos que apoyan a Juana y algunos nobles. Por aquí vemos al Arzobispo de Toledo, al Marqués de Villena o al maestre de la Orden de Calatrava.

A la izquierda, comandada por el príncipe Juan, la élite de la caballería portuguesa, lo mejorcito de lo mejor, el tutiplén de su ejército.

Los que lo saben todo de esta batalla están de acuerdo en que esto de tener dos líderes, las tropas del rey y las tropas del príncipe, es un nuevo error estratégico. Y, por si analizar una batalla cualesquiera fuera poco lío, esta tiene dos: la batalla del príncipe y la batalla real.

El ejército comandado por Fernando está mejor organizado, es más numeroso, está mejor armado, ha pasado menos frío durante el invierno y tiene más ganas de plantar batalla que el maltrecho ejército portugués. Por allí vemos a varios nobles castellanos, tipo el Duque de Alba o el de Medina Sidonia, el cardenal Mendoza o, curiosamente, el presunto padre de la Beltraneja, Beltrán de la Cueva. A ver si no va a ser su padre…

Cuentan las fuentes castellanas, si es que a estas alturas todavía podemos considerarlas fiables, que Fernando, haciendo honor a su nobleza, se ofreció a dirimir la lucha en singular combate personal con el rey Alfonso. Sus consejeros, ay, siempre sus consejeros, se lo impidieron.

Así que Fernando se lanza en plan kamikaze con lo más granado de su ejército contra las tropas del rey Alfonso.

Son tres horas de una lucha confusa, difusa y patidifusa bajo la lluvia, la niebla y la oscuridad de la noche.

Mientras Fernando acaba con las tropas del rey portugués, que se bate en retirada, el príncipe Juan de Portugal derrota al ala derecha castellana.

En esta época, una batalla no se pierde hasta que no se pierde el estandarte. Se cuenta que al abanderado portugués le cortaron el brazo derecho para quitarle el estandarte y volvió a levantarlo con el izquierdo. Entonces le cortaron el izquierdo y el se aferró a su estandarte con los dientes.

Fernando, en una carta privada a Isabel, resume a la perfección la batalla de Toro: “Si no viniera el pollo, preso fuera el gallo”; vamos, que si no hubiera sido por el príncipe Juan, el rey Alfonso habría acabado muy malamente.

Así que todavía no nos hemos puesto de acuerdo en quién ganó la dichosa batalla. Mientras los portugueses se dedicaban a reorganizar sus tropas, Fernando se dedicaba a liarla con la propaganda: mandó correos a diestro y siniestro dando la noticia de una gran victoria, en la que las tropas portuguesas habían sido aplastadas.

A medida que las noticias iban corriendo, el partido de la Beltraneja se iba disolviendo, los soldados portugueses iban desertando, los partidarios de la Beltraneja iban cambiado de chaqueta, las tropas de Fernando iban engrosando, y Juana y su marido se iban viendo obligados a marcharse con el rabo entre las piernas con la guerra perdida, sin trono y sin honor.

Toro permaneció en manos portuguesas hasta la capitulación del 19 de octubre de 1476. Por fin, el tratado de Alcáçovas, ponía fin a la guerra y reconocía a Isabel y Fernando como reyes de Castilla.

 * * *

 Juana de Castilla renunció al trono y a todos sus títulos castellanos, y desapareció de la vida pública para ingresar en un convento, desde el que firmaba todos sus escritos con un tajante “yo, la reina”.

Más que la Beltraneja, Juana debió haber pasado a la historia como Juana la Embestida: primero fueron los cuernos de propaganda que le colgaron a su padre, luego los toros de Guisando y, por último, la batalla de Toro.

Demasiados cuernos para una niña de 13 años.

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Esta entrada fue publicada por El Punto sobre la Historia.

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