EP02 Peloponeso 02 Sócrates. El filósofo soldado

Sócrates. El filósofo soldado

Ahí le tenemos. Un ateniense camuflado de espartano. No sabe ná. Por algo decía que solo sabía que no sabía nada… Y, ¿os habéis fijado en la capita? Así cualquier puede ser héroe…

Sócrates, un hombre cuya inteligencia cortaba como una espada. Bien, pues su espada cortaba todavía más. Las reflexiones filosóficas las hacía en pleno campo de batalla. Mientras cortaba brazos y cabezas de enemigos se planteaba cuestiones sobre la ética y la justicia que siguen de actualidad. Y luego dicen que los hombres no pueden hacer dos cosas a la vez…

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Si hay un soldado famoso en la Guerra del Peloponeso, es, sin duda, Sócrates. El futbolista, no; el otro. El filósofo. El de solo sé que no sé nada.

Era hoplita, y, como tal, le tocó batallar en las filas de la infantería ateniense durante VEINTISIETE años. Sabemos que Sócrates participó en, al menos, tres batallas.
EL SITIO DE POTIDEA
Potidea era socia de Atenas hasta que, un buen día, en plena guerra contra Esparta, va y decide abandonar la Liga de Delos. Atenas se puso las pilas y mandó un ejercito de 3000 hoplitas. Entre ellos, Sócrates.

Sabemos que su comportamiento en los tres años que duró la expedición fue excepcional. Ahí van unos ejemplos, por ejemplo:
Cuando se trataba de pasar hambre porque no había comida, Sócrates hacía ayuno voluntario y aguantaba más que nadie.
Cuando había bebida, Sócrates tumbaba a cualquiera. Se comenta que, a pesar de la fama que tenía, nunca se le vio borracho.
Durante el invierno, mientas sus compañeros se acurrucaban entre mantas, Sócrates caminaba descalzo sobre la nieve.

Una mañana de verano, Sócrates estaba ahí, a sus cosas de filósofo, preocupado por algún problema del tipo “una vida sin preguntas no merece ser vivida”, o esas cosas que se preguntaba. De repente, se quedó quieto, ahí, de pie, concentrado en su problema… lo que fuese.
A medio día, los soldados se dieron cuenta y empezaron a comentar: hala, ¿has visto a ese? ¿A quién? A Sócrates. Ah, ¿qué hace? No sé, ¿pensar? Ah, pues muy bien.
Por la noche, Sócrates seguía de pie, ahí, ensimismado, dándole vueltas, rumiando, devanándose los sesos, cavilando, calentándose los cascos, discurriendo, dándole vueltas a la cabeza, reflexionando, no sé si me explico.
Unos cachondos, jonios para más inri, sacaron sus petates para pasar la noche a la intemperie y poder observar a Sócrates a placer, por si seguía dándole, ahí, toda la noche, en plan trance filosófico. Y así estuvo, ahí, de pie, hasta que amaneció. De pronto, tras hacer su plegaria al sol, se fue tranquilamente. Con un par de… reflexiones.

Pero no solo pensaba de pie durante veinticuatro horas y caminaba sobre la nieve. Sócrates era tan de la Liga de los Hombres Extraordinarios, que durante la batalla peleó con tanto arrojo que, poco menos, gracias a él, Atenas consiguió la victoria.
Para mayor gloria de nuestro héroe, se cuenta que salvó la vida a Alcibíades. Alcibíades era sobrino (o nieto) de Pericles, ahí es ná. Y en el Sálvame de la época se comentaba que Sócrates y él eran más que amigos; vamos, que estaban liados; vamos, que eran amantes. Pues Sócrates, que era un lince, se dio cuenta de que Alcibíades estaba herido y se quedó a su lado hasta que pasó el peligro.
Luego, cómo son las cosas, le dieron a Alcibíades la palma de la Victoria, una especie de medalla al valor. Allí empezó un tira y afloja entre los dos amantes: que no, que la Palma debería ser para Sócrates, y Sócrates, que no, Alcibíades, que te la han dado a ti; no, tonto, que tú te la mereces; que no, tontín, que te la quedes tú… Que para ti; no, que para ti… Al final, como siempre, ganó el general, y el filósofo mindundi se quedó sin la gloria.
DELION
Unos añitos más tarde, Sócrates participó en una verdadera carnicería: la batalla de Delion. Ocho mil atenienses, al mando de Hipócrates, ocuparon, a quién se le ocurre, el santuario de Apolo Delio.
Los beocios, que a mí siempre me ha parecido que tienen nombre de borrachos, viendo que les conquistaban el templo, van y plantaron batalla. No se sabe si es que estaban muy cabreados o es que Apolo les echó una mano desde el templo, el caso es que le dieron un repaso al ejército ateniense que todavía les escuece.
Pues nada, durante la retirada, Sócrates, que no cunda el pánico, conservó la calma y fue el último en retirarse.
No contento con eso, Sócrates también le salvó la vida al historiador Jenofonte. Jenofonte, qué mala suerte, se había caído del caballo y el caballo le había caído encima. Quitarse un caballo de encima es más difícil que entender los diálogos de Platón. Pero eso no era problema para… Filósofo-Man! En medio de los disparos beocios, Sócrates levantó el caballo con una mano, tiró de Jenofonte con la otra, le sacó de debajo del caballo, cargó con él (con el historiador, no con el caballo), le llevó sobre sus espaldas durante un trecho y le alejó del peligro.
ANFÍPOLIS
Más tarde, frisando la edad de 50 años, como don Quijote, Sócrates tomó parte en la batalla de Anfípolis, un lugar estratégico, sobre todo por las cositas de que tenía minas de oro y plata.
Pues nada; allá fue Sócrates. No hay datos concretos sobre su actuación, pero se sabe que el combate fue muy duro, que se enfrentaron 2000 atenienses contra 2500 espartanos, que cayeron 7 espartanos frente a 600 atenienses, y que Esprta le dio palpelo a Atenas le metieron el meneo definitivo. Tras la batalla, ni Esparta ni Atenas quisieron seguir con la guerra, y, de alguna manera, acababa así la I Guerra del Peloponeso, con Sócrates como testigo excepcional.

Se cuenta que, tras las batallas, Sócrates iba al gimnasio como si tal cosa; cuando le preguntaban por su hazaña, comentó que, ¿eh?, ¿lo de Alcibíades?, ¿lo de Jenofonte?, bah, no ha sido nada. No era falsa modestia; Sócrates estaba convencido de que se había limitado a cumplir con sus obligaciones como ateniense.

La guerra acabó fatal para Atenas. Y para Sócrates, que se arruinó y descubrió los placeres de la vida austera. Dicen que, en esta época, recorría los mercadillos diciendo: “¡Cuántas cosas que no necesito!”.

Los espartanos impusieron su ley y colocaron a los treinta tiranos en Atenas. Uno de esos tiranos acabó con la vida de Sócrates. Pero esa es otra historia que, aunque también tiene su punto, merece ser contada en otra ocasión.

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Esta entrada fue publicada por El Punto sobre la Historia.

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