EP BR 06 La impotencia en la Historia. ¡Todos firmes!

BATH-Goodall_DavidUn oscuro enemigo recorre la Historia con aviesas intenciones. Repasamos algunos momentos en la historia de la impotencia masculina. Un tema que ha dado mucho de sí. Bueno… es un decir…

Nuria García se emplea a fondo para contarnos con gracia la aventura más “floja” que han visto los siglos.

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Según una encuesta que me ha contado mi vecina, que está la muchacha haciendo sus prácticas sobre “intolerancia a la lactosa”, en la Förmer Hauer College; un estudio de la College ésta, ha demostrado que si juntas a un grupo de individuos elegidos de mala manera y cuyas variables sociodemográficas nos la traigan al pairo, ¡total pa qué se van a molestar, si es una encuesta, extranjera y de una College que sale en los anuncios de yogurt!.  Bueno como iba diciendo, según la encuesta: 9 de cada 10 mujeres ponen cara de emoticono (y no el de la bailaora ni el de las palmas, como auguraban algunos optimistas) al escuchar la palabra “impotencia”; mientras que 10 de cada 10 hombres tratan impulsivamente de medírsela echando mano de los siguientes argumentos: “que si mi coche corre”, “que si a esa le hacía yo una favor”, “que si yo más”…

Recorrer la Historia de la mano de un impotente -pixelado, por supuesto-  muestra un catálogo de disparates propios de cada momento de la Historia de la Humanidad.

Para los romanos, la impotencia no sólo era ¡atención! pecaminosa, sino que además ¡se contagiaba! ¿Cómo? No tengo ni idea. Pero a mí eso de contraer impotencia de otro… me suena raruno. Catulo, muy majo él,  nos cuenta en uno de sus poemas la historia de Cecilio “Cuyo puñalito, que le cuelga más lacio que una acelga tierna, nunca se levantó ni a la mitad de la túnica”.  Catulo, Catulo, muy observador te he visto…

En el siglo XIII, la responsabilidad de la impotencia pasó de estar en manos de los dioses para dar el relevo a los demonios. ¡Por supuesto!, ¿quiénes iban a ser si no?  Santo Tomás de Aquino escribió: “La fe católica enseña que los demonios dañan al hombre y pueden poner obstáculo a la relación sexual”. Esto venía a decir que cuando se copulaba, no para procrear, sino por puro placer, así a lo loco…, el demonio lo daba todo a través del pobre insensato; mientras que cuando el propósito del hombre era decente, como di0s manda, el diablo se encargaba de enviar estampas mentales antieróricas al desdichado que no sabía qué hacer con aquello que se traía entre manos, ¡vamos! que no daba pie con bola.

Y así llegamos a la Inquisición. Todo un espectáculo de horrores que estigmatizó a estos pobres hombres, a quienes se dedicó a humillar y atemorizar, satisfaciendo a su vez sus propios instintos (en eso de dar ejemplo a través de uno mismo, la Inquisición andaba también corta y flojilla).

Pero llegamos a mi parte favorita… “El tribunal de la Impotencia”, que según el historiador Pierre Darmon, en el siglo XVI tuvo que hacer frente a una “oleada de acusaciones” que era un no parar.

La incapacidad del esposo para cumplir, era una de las pocas razones por las cuales la Iglesia permitía la anulación del matrimonio. Esto abrió la veda para que muchas señoras de posibles acusaran a sus medias naranjas de “no consumación dolosa” ante los tribunales eclesiásticos.

En esos tiempos, a las instituciones que impartían “justicia” (entre comillas), lo de la presunción de inocencia les sonaba feo, mmmm no les convencía, era como que no… Por tanto, era el marido quien debía demostrar su poder de erección ante un equipo de lo más multidisciplinar, compuesto por sacerdotes, cirujanos y comadronas que opinaban sobre la tensión elástica y el movimiento natural del aparato; antes de exigirle, rodeado de un ambiente taaaan sugerente, la prueba definitiva: la eyaculación.

Como os podéis imaginar no todos superaban la prueba… Pero aún les quedaba una posibilidad: Exigir el Juicio del Congreso. ¿Que en qué consistía? Muy fácil: En repetir la misma operación, pero en una cama, junto a la amante esposa demandante.

Poco antes del espectáculo, el tribunal cacheaba a la pareja por si les daba por colar algún juguetito y, les decía: ¡hale! ¡a la cama, que se nos hace tarde, y a la 01:00 hay sesión golfa!

Mientras los esposos se ponían ¿cómodos?, el equipo de expertos varones contemplaba la ejecución escondido tras mamparas, mientras que las comadronas se situaban en primerísima fila, concretamente entre los almohadones del lecho para no perder  pifio.

A ver, recapitulando todos los datos, hagamos un esfuerzo y pongámonos, por un momento, en situación.  ¡En la de los voiyeures, no!, ¡en la chunga!

Tened en cuenta que la parejita llevaba de morros un tiempo, que se cruzaban por un ala y otra de su mansión sin cruzar palabra, a no ser que fuera algún comentario tipo:

Mujer: “Uy, Germain, te noto flojo… más de lo normal”…

Hombre: “¿Ah sí? Pues no es lo que me dice la Maire”…

Mujer: “¡La Marie, la Marie…¡ ¿Y qué te va a decir La Marie, si acaba de salir del convento y no ha conocido varón!…

Hombre: “ÑAÑAÑAÑA”

Total, que con ese buen rollito, la pareja se reencontraba en el lecho, rodeada de gente y con las comadronas metidas en la cama con una lupa. Pero, ¡vamos a ver! ¿En qué estaban pensando los señores jurista-eclesiásticos estos de la época? ¿Que así iban a llegar a un acuerdo? El caso es que aquella aventura duraba una o dos horas, (por si las moscas ¡digo yo!) y transcurrido ese tiempo, lo que debía ser una eternidad para algunos, los expertos salían de detrás de las mamparas a lo ¡sorpresa, sorpresa!, se aproximaban al lugar de los hechos o no hechos, y provistos del último grito en cuanto a tecnología se refiere: ¡unas velas!, determinaban si había habido penetración y las “emisiones” propias de tal romántico encuentro.

¿Qué? Divertido, ¿verdad?

Pues resulta que hubo uno que se lo tomó muy a risa. Hablamos del joven y apuesto noble Renè de Cordouan, marqués de De Langeais, cuyo apellido pasó a la Historia, ya os contaremos cómo.

Según el cronista Tallemant des Réaux, el tal De Langeais fue acusado por su esposa en 1657, cuatro años, cuatro, después de casados. En París aquello se vivió como una juerga; se compusieron cancioncillas subidas de tono,  las damas más damas se le ponían a tiro al acusado, y una tal madame D’olonne declaró sin cortarse un pelo que a ella “le encantaría que le condenaran al Juicio del Congreso”.

Total, que cuando llegó el momento y las masas enfervorecidas aclamaban al que ya daban por ganador del revolcón, llegó el desastre. Tras dos largas horas de gruñidos, oprobios y finalmente, rezos… el chulito De Langeais abandonó diciendo: “Esto es mi ruina”. No sabemos si se refería a su reputación o si se señalaba algo mientras hablaba…

¿Os hacéis ahora una idea de cómo pasó a la historia el apellido del colegón? Exacto. De Langeais pasó a ser sinónimo de flacidez.

El caso es que, y ya para terminar con buen sabor de boca este breve recorrido por la historia de la impotencia, el señor De Langeais salió por patas de París y se retiró a provincias, donde contrajo de nuevo matrimonio, engendrando nada más y nada menos que a siete hijos.

De Langeais, que no había aprendido nada, se jactó de ello un día ante un antiguo enemigo, el cual le respondió: “Pero, señor, nadie ha tenido nunca dudas acerca de su esposa”.

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Esta entrada fue publicada por El Punto sobre la Historia.

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