EP ESP02 La Batalla de Lepanto. Dos civilizaciones en juego.

lepantoLa llamaron “La más alta ocasión que vieron los siglos”. El 75% de los barcos de guerra disponibles en el mundo conocido se encontraron en Lepanto. No era sólo una batalla. Estaban en juego dos civilizaciones. Y Cervantes estuvo allí.  David Botello nos lo cuenta como si estuviera en primera línea.

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1571. 7 de octubre. Amanece en el golfo de Lepanto, en las costas del Peloponeso, Grecia. Está a punto de empezar una de las más grandes batallas de la Historia; la batalla naval más sangrienta de todos los tiempos. En Lepanto se han dado cita, según dicen los señores con gafotas que han estudiado el asunto, más del 75% de los barcos disponibles en todas las flotas del mundo. En total, casi 600 naves y casi 200.000 hombres.

Estas dos inmensas fuerzas navales tienen en sus cañones el destino de dos imperios, el español y el otomano; de dos civilizaciones, occidente y oriente; de dos dioses, Cristo y Alá. Pero, sobre todo, el que gane, se queda con el control del Mediterráneo. El otro, se lamerá las heridas hasta que pueda recuperarse y buscar la revancha.

A mediados del siglo XVI, los turcos se están merendando Europa. No dejan de crecer y crecer conquistando territorios en el Mediterráneo. El Imperio Otomano de Solimán I se extiende desde los Balcanes hasta Egipto, Hungría, Túnez y Chipre y han llegado a las puertas de Viena y de Malta. Solimán ha intervenido en la rebelión de los moriscos de las Alpujarras contra Felipe II. Está decidido a conquistar occidente, llegar hasta Gibraltar y conquistar España y Europa. El mar Mediterráneo se ha llenado del terror turco. Corre el rumor de que son invencibles.

Pío V, el papa del momento, harto de que los turcos se le suban a la chepa, pone en marcha una campaña en la que viene a decir: «Ay, madre mía, que vienen los turcos y hay que pararles los pies». El Vaticano se alía con la España de Felipe II, con Venecia y Génova, con el ducado de Saboya y con la Orden de Malta. Juntos montan una pandilla de amigotes y se ponen un nombre molón: la Liga Santa. Los aliados se ponen de acuerdo, quedan en la esquina para sacudirse con los del turbante y se meten con un montón de barcos en la boca del lobo del territorio enemigo.

Al mando de la Santa Armada se encuentra Juan de Austria, 24 añitos, hijo bastardo de Carlos V y el mejor almirante del momento. En su flota, más de 230 naves, 50.000 infantes y 4.500 jinetes con una orden tajante: «a fuego y a sangre». La Liga Santa cuenta con armas de última generación: los arcabuces. La pólvora cristiana causa más daño que las flechas otomanas. Juan de Austria sabe que la suerte de la Cristiandad está en sus manos.

El verano pasado, con los rebeldes moriscos de las Alpujarras reducidos, Juan de Austria ha salido de Madrid y ha empezado a reunir las naves de la Liga Santa en el puerto de Mesina. Nadie, salvo el General de la Mar, sabe cuál es su destino final.

Sus espías, diseminados por la costa enemiga, son tan 007 que le hacen un lío a las gentes del sultán dándoles pistas falsas sobre el ataque.

La suerte está echada.

Son las 7 de la mañana. 7 de octubre. 1571. La vanguardia de la flota cristiana entra en el golfo de Lepanto. Juan de Austria avista a la flota otomana en posición de combate. Comienzan en seguida las maniobras de despliegue, como si el mar frente a Lepanto fuera un gran tablero de ajedrez.

En el lado cristiano, en el centro, Juan de Austria fija las posiciones de sus barcos desde «La Real», la nave capitana. Coloca las naves del veneciano Barbarigo, más rápidas y maniobreras, en el flanco izquierdo. Su objetivo: impedir a los turcos cualquier intento de maniobra envolvente.

Al mismo tiempo, adelanta la poderosa escuadra de galeazas, auténticas fortalezas flotantes, un invento veneciano que consiste en una galera modificada, dotada de una artillería mucho más potente, con cañones móviles. Son naves difíciles de mover, pero con una gran capacidad destructiva.

En el ala derecha, las naves de Juan Andrea Doria, genovés al servicio de España. Y en la retaguardia, Álvaro de Bazán permanece atento para controlar las posibles brechas que se produzcan en la línea de combate.

Al otro lado del mar de Lepanto, la imponente flota turca. Más de 300 naves, 47.000 soldados, entre ellos los temibles jenízaros, una tropa de élite, los mejores soldados de la época junto con los tercios españoles. A estos hay que sumar a los arqueros, especialistas en la preparación de flechas envenenadas. En el centro, a bordo de «La Sultana», se halla el terror de los cristianos: Alí Pachá. A su derecha, frente a Barbarigo, las fuerzas de Scirocco, bey de Alejandría. Finalmente, y para enfrent arse a Andrea Doria, el líder turco coloca a Uluch Alí, bey de Argel.

A las 11 de mañana, las dos flotas están dispuestas a iniciar la batalla.

En los barcos cristianos, los sacerdotes absuelven a los soldados por si mueren en combate. Se enarbolan crucifijos, estandartes, espadas y arcabuces. Desde «La Real», Juan de Austria pasa revista a las galeras, una línea de casi seis kilómetros de longitud, y se dirige a sus hombres: «Hijos, a morir hemos venido, o a vencer si el cielo lo dispone. No deis ocasión para que el enemigo os pregunte con arrogancia impía: ‘¿Dónde está vuestro Dios?’ Pelead en su santo nombre, porque muertos o victoriosos, habréis de alcanzar la inmortalidad».

Las naves turcas avanzan en línea hacia los buques de la Santa Liga. Están tan convencidos de su victoria que apenas tienen retaguardia. Allí les esperan las galeazas, las fortalezas flotantes venecianas. Con gran estruendo y el viento a favor, las galeazas abren fuego. Las salvas de artillería hacen blanco sobre las naves turcas y mandan al fondo del mar varias galeras. El ataque coge por sorpresa a los otomanos, que se ven obligados a romper su formación y tratar de llegar lo más rápidamente hasta los buques cristianos.

A las 12, una vez superada la primera línea de galeazas, comienza la verdadera batalla. En el centro, los mejores barcos de los dos ejércitos se lanzan cara a cara. Las naves turcas avanzan en busca de «la Real» de Juan de Austria. La batalla es un caos de naves que se cruzan sin orden ni concierto, galeras que se traban unas con otras, mástiles que se quiebran, embestidas de espolones, cuerdas que se preparan para el abordaje, fuego de cañones, flechas que surcan el aire, humo de barcos incendiados y pólvora de los arcabuces.

En el flanco izquierdo, media docena de buques otomanos asedian la nave del almirante Barbarigo, que muere cuando una flecha enemiga le atraviesa un ojo. Varias galeras socorren la nave de su líder fallecido, y logran resistir la embestida.

En el centro, «La Sultana» toma la directa hacia «La Real» y se lanza hacia ella con su enorme espolón. Las dos naves capitanas chocan; el espolón de proa se hinca en «la Real». Dicen que el espolón entró cuatro bancos de remeros. Las dos naves quedan unidas por los garfios y se enzarzan en un combate. Empieza la guerra galana, la guerra al abordaje, la táctica favorita de las tropas cristianas. Miles de hombres caen por la borda, las flechas envenenadas surcan los cielos, la pólvora de los arcabuces llena el aire de un humo irrespirable. El duelo entre los dos comandantes ha comenzado, en una superficie de combate de ciento diez metros de longitud y nueve de ancho.

En el flanco derecho, Uluch Alí consigue atravesar la línea cristiana. Los soldados de varias galeras de la Santa Liga son pasados a cuchillo, sin piedad.

«La Real» ha quedado aislada, en medio de un sinfín de naves enemigas. Juan de Austria está atrapado y no puede coordinar su flota. La anarquía se instala en las naves cristianas, que resisten como pueden la acometida del enemigo. Los turcos están a punto de alcanzar el estandarte de Juan de Austria, pero su ataque es repelido heroicamente por los cristianos, que se defienden como pueden.

En este momento de incertidumbre, un joven soldado de 24 años recibe varios disparos, dos en el pecho y otro en la mano izquierda, «que perdió su movimiento para gloria de la diestra». Sabemos que este joven se llama Miguel de Cervantes. Sabemos que está «enfermo y con calentura», que sufría de malaria, y que por eso su capitán le aconseja que se quede en la enfermería. Sabemos que tiene corazón de héroe y, con obstinación, se empeña en luchar, en el lugar más peligroso de la batalla. Sabemos que se le pone al mando de doce soldados. Y sabemos que está luchado en la batalla de Lepanto porque él mismo nos los cuenta en sus obras todo el rato, a todas horas, una y otra vez, venga o no venga a cuento.

Cuando parece que «la Sultana» está a punto derrotar a «la Real», cuando todo parece perdido para Juan de Austria, aparece Álvaro de Bazán, toma la iniciativa en la retaguardia, llega a la línea de combate, entra con sus naves por el centro en dirección a la Sultana, da buena cuenta de un buen número de galeras turcas, y consigue heroicamente llegar a la altura de «la Real».

Estamos en ese momento crítico que hace ganar o perder las batallas. Se está decidiendo el destino de occidente, la cruz contra la media luna. El imperio otomano contra el imperio español. Juan de Austria lanza su último ataque con todo lo que le queda. Reúne las galeras que están más cerca de «La Real» y ordena el abordaje de «La Sultana». Los tercios de refuerzo de Álvaro de Bazán entran en la galera de Alí Pachá.

Y entonces, un golpe de suerte desnivela la balanza a favor de los cristianos: un arcabucero anónimo le vuela la cabeza a Alí Pachá. El terror turco de los mares cae fulminado.

La resistencia a bordo de la Sultana se desmorona. Un soldado marbellí llamado Andrés Becerra se hace con el estandarte otomano. Un remero español reconoce el cuerpo de Alí Pachá, le corta la cabeza y se la enseña a don Juan de Austria. Con un gesto de repugnancia, ordena tirar la cabeza al mar, pero los españoles la clavan en una pica, a modo de estandarte y lanzan un grito de victoria.

Los turcos, desmoralizados ante la cabeza cortada de su líder y el empuje arrollador de las tropas de la alianza, empiezan a ceder posiciones. Las escuadras de Uluch Alí se retiran y escapan con el estandarte de la nave capitana de la Orden de Malta. Las naves cristianas intentan darle caza pero Uluch Alí escapa.

Un grupo de naves turcas, sin aceptar la huida ni la derrota, continúan dando batalla. Todos a una, la flota cristiana se lanza contra ellos. El escuadrón turco queda atrapado contra la costa, y sus soldados son perseguidos y aniquilados en sus propias naves.

Después de cuatro horas, la batalla ha terminado. Son las 4 de la tarde.

Lepanto ha sido una matanza terrible, sin precedentes y a lo bestia. Los turcos han perdido más 30.000 hombres y 190 galeras con su artillería. Los cristianos han perdido 15 galeras y 7.600 soldados, de los que 2.000 son españoles. Hay más de 21.000 heridos. Los señores que calculan dicen que se han vertido al mar más de doscientos mil litros de sangre y se han mezclado allí donde no hay diferencia entre cristianos y musulmanes.

Lepanto se considera una de las batallas más decisivas de la Historia. Al destruir la flota otomana y acabar con gran parte de su ejército, se detuvo el avance del Imperio Otomano por el Mediterráneo. A los turcos se les quitaron las ganas de someter Europa. Si los hombres de Juan de Austria no se hubieran dejado la piel en la guerra contra el turco, a lo mejor, ahora, estaríamos escribiendo en árabe en toda Europa. ¿Quién sabe? ¿Os imagináis un mundo en el que los terroristas son los bárbaros cristianos del norte que, llamando a la Cruzada, se dedican a volar torres, poner bombas en los trenes y quemarse a las puertas de las mezquitas buscando el martirio y la santidad de la Iglesia?

Lepanto convirtió a Juan de Austria en héroe nacional, aunque en el siglo XXI no sepamos ni quién es. Su estrategia fue muy acertada, tal como se reconoce todavía. Aunque conviene recordar la iniciativa de Álvaro de Bazán, el valor demostrado por las tropas cristianas y el disparo del arcabucero anónimo que acabó con Alí Pachá. Como siempre, los soldados que han derramado su sangre sobre la cubierta de sus barcos, los verdaderos artífices de la Historia, se han quedado sin su minuto de gloria en los libros.

Y, al final, la victoria tampoco fue para tanto. Cuando el Sultán Selim conoció la derrota, se limitó a decir: «Me han rapado las barbas, ya crecerán con más fuerza».

Y así fue. Los turcos siguieron dando guerra, y poco tiempo más tarde tomaron Chipre, aunque prefirieron mirar hacia Oriente para ampliar el imperio; la alianza cristiana se disolvió por la diferencia de intereses y los venecianos acabaron pactando con los turcos. Así se escribe la Historia.

Cervantes dijo que fue «la más alta ocasión que vieron los siglos». Hay quien dice que el Quijote está construido sobre los restos de Lepanto; que es el monumento al héroe anónimo incapaz de lograr reconocimiento; a la frustración de la épica que siempre acaba mal; al soldado desconocido al que siempre olvidan a la hora de repartir medallas, salarios o menciones.

Desde aquí, nuestro homenaje a los hombres, cristianos y musulmanes, que escribieron esta Historia, que también tienen su punto.

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Esta entrada fue publicada por El Punto sobre la Historia.

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