EP 05. Cervantes y el Siglo de Oro. 06 Cervantes y los piratas.

trinitariosCervantes no fue un escritor intelectual que vivió en una torre de marfil.  Con su vida se puede hacer una película bélica, un drama judicial y … atención… ¡una película de piratas! David Botello os cuenta su mayor aventura, y su relación con las Trinitarias.

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Cervantes estaba más feliz que una perdiz, volviendo a España como veterano de guerra tras cinco años de campaña por el Mediterráneo, y con un montón de cartas de recomendación debajo del brazo, entre otras, una del mismísimo don Juan de Austria, que le hacía merecedor de que se le concediera el mando de una compañía. Cuando, oh tempora, oh mores, unos piratas berberiscos interceptaron su barco, leyeron las cartas de recomendación, se imaginaron que se trataba de una persona principal, un ser humano con posibles, le tomaron en cautiverio y pusieron un precio muy elevado a su rescate. La familia de Cervantes era muy pobre. Incluso más que pobre. Pudieron pagar el rescate de su hermano Rodrigo, que viajaba con él, pero no pudieron hacer frente al de nuestro Cervantes. Así que nuestro heroico soldado y futuro escritor anduvo de mazmorra en mazmorra, de cadena en cadena, de prisión en prisión, durante más de cinco añitos.

Cervantes, que era un poco quijotesco, participó en intentos de fuga a tutiplén, cinco al menos, que siempre fracasaban por que algún compañero se iba de la lengua. Se sabe que él nunca quiso chivarse y siempre cargó con la responsabilidad de los planes, lo que no ayudaba mucho a ganar puntos para mejorar las condiciones para soltarle.

Un buen día, apareció por Argel un muy reverendo padre de la orden de los trinitarios llamado fray Juan Gil. Una de las misiones de los trinitarios era ir por las casas de los ricos en plan, ay, dame un leuro, para liberar cautivos.

El mismo día del rescate, el amo de Cervantes, Azán Bajá, se iba a Constantinopla. Fray Juan Gil andaba negociando por él y sudando sangre, sudor y lágrimas para reunir el rescate de 1000 escudos que habían pedido. Se cuenta que fray Juan Gil llegó por los pelos con el dinero, cuando Cervantes ya estaba de galeote, con la argolla al cuello y encadenado en una de las galeras que viajaban a Constantinopla. Era 19 de septiembre. Cervantes quedaba libre, como el sol cuando amanece, yo soy libre.

Cervantes era un tipo agradecido, y dejó dicho que, si eso, cuando le diera por morirse, le enterraran en el convento de las trinitarias, «un pobre portal», según se decía, pero que le quedaba a un tiro de piedra, en la manzana de al lado de su casa.

Como era más pobre que las ratas, y además era un tío prevenido, veinte días antes de morir se metió a fraile franciscano para que el entierro le saliera gratis. Cuando murió, fue enterrado con el hábito de San Francisco.

Con el tiempo, el convento fue creciendo y creciendo, y la tumba de Cervantes se fue perdiendo poco a poco entre tanta ampliación y tanta reforma, menuda chapuza le han hecho aquí.

Dicen que el verdadero peligro que corrieron los huesos fue cuando un par de concejales avispados decidieron, allá por 1868, demoler el convento para montar un mercadillo. Eso demuestra que, en el fondo, nadie sabía que Cervantes estaba allí, o que a nadie le importaba donde estuviera Cervantes. Gracias a Dios (al fin y al cabo, estamos hablando de un convento), se evitó su demolición y se conservaron los restos de Cervantes. Para evitar futuros riesgos, se colocó una lápida en el exterior del convento, que aún se conserva: «A Miguel de Cervantes Saavedra, que por su última voluntad, yace en este convento de la Orden Trinitaria a la cual debió principalmente su rescate». Y el monasterio se declaró monumento nacional por que albergaba, en algún rincón, la insigne osamenta de Cervantes.

Para valorar en su justa medida la fama de Cervantes por esta época, hay que decir que, dos años después de colocar la lápida, Amadeo de Saboya llegó a España a hacerse cargo del trono. Al pasar por el convento de las trinitarias, alguien, haciendo de guía turístico, le dijo con orgullo que «aquí está Cervantes». Amadeo respondió algo así como: «A ver si saco un rato y paso por su casa a conocerle». Vamos, que el rey que nos sacamos de la manga no tenía ni idea de quién era el tal Cervantes.

Y así llegamos al escándalo de la presunta aparición de sus huesos, pero esa es otra historia, que tiene que ser contada en otra ocasión.

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Esta entrada fue publicada por El Punto sobre la Historia.

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