EP 05. Cervantes y el Siglo de Oro 07. El Duque de Lerma y sus apaños.

duquedelermaDavid Botello nos pone los pelos de punta contándonos la historia del Duque de Lerma, Valido de Felipe II. Grande de España. Enorme ladrón. Ingente especulador inmobiliario. Un hombre por encima de la ley. Son cosas del Siglo de Oro… ¡Ey, un momento! ¿Es que esto ya no pasa en la actualidad?

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Tiempos inciertos le tocaron vivir a Cervantes.

Felipe III no ha pasado a la historia por ser un tipo listo. Más bien todo lo contrario. Era tan lerdo que su padre, Felipe II, antes de morir, dijo algo así como «menudo marrón dejo en el Imperio». Dadas sus pocas luces, el nuevo rey se buscó un valido y se encontró con el más capullo: Francisco de Sandoval y Rojas, un tipo tan corrupto que podría ser el patrón de nuestra ilustre clase política.

En menos que canta un gallo, consiguió que Felipe III le otorgara el título de duque de Lerma con Grandeza de España, colocó a la parentela y los amigotes en los cargos más golosos del reino (¿de qué me suena?) y convenció al rey de las ventajas de trasladar la corte a Valladolid. Pero antes, el nuevo duque se cuidó de comprar allí un montón de solares, casas y palacetes, que no valían ni un maravedí.

El 11 de enero de 1601, la corte se trasladaba. Y entonces, oh, sorpresa, se dieron cuenta de que Valladolid, ay, no tenía infraestructuras públicas para alojar a funcionarios y cortesanos. «No pasa nada», dijo el de Lerma. Y se sacó de la manga sus flamantes adquisiciones para alquilárselas a la corona a precio de oro. Y así, con semejante pelotazo urbanístico, inmobiliario y especulativo, el de Lerma se convirtió en el hombre más rico del país. Ahí tenéis la Grandeza de España.

Pero aquél desfalco no era suficiente. Madrid había dejado de ser capital, se colgó el cartel de «Se vende villa» y los precios se desplomaron. Y ahí vuelve nuestro amigo el duque, que empezó a comprar por cuatro duros los mejores edificios de los mejores barrios y unos terrenitos a las afueras que más tarde se convertirían en el paseo del Prado, la casilla más cara del Monopoli. Cuando terminó de hacer sus compras, convenció a Felipe III de que era mucho mejor que la corte volviera a Madrid. Y volvió.

El valido se construyó entonces, entre otras cosas, una chabolita en la calle Mayor, un palacio más grande que el Alcázar Real y que hoy es la Capitanía General del Ejército.

Al duque se le acabó el chollo cuando la reina se hartó de él y trató de procesarle, acusado públicamente de chorizo. Su mano derecha, Rodrigo Calderón, murió ahorcado en la Plaza Mayor de Madrid. Al de Lerma le entró entonces una repentina vocación religiosa, se refugió en el clero y consiguió que el papa le nombrara cardenal con inmunidad eclesiástica. Madrid, al menos, le sacó unas coplillas: «Para no morir ahorcado, el mayor ladrón de España se viste de colorado».

Cuando llegó al trono Felipe IV, un nuevo valido, el Conde-Duque de Olivares, le embargó todas las rentas. El viejo Cardenal-Duque se quejó entonces al Papa: «Yo estoy destruido en reputación, en salud y en hacienda, sin que nadie haga caso de mi dignidad y sacerdocio».

Lo mismito, lo mismito, que al mismísimo Urdagarín.

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Esta entrada fue publicada por El Punto sobre la Historia.

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