EP06 II Guerra Mundial. 08 Japón no se rinde ni 30 años después.

onodaTras el final de la Segunda Guerra Mundial muchos soldados japoneses quedaron aislados en selvas de Filipinas o Indonesia ajenos a que su guerra había concluido. ¡Los últimos de ellos aparecieron de mediados de los 70! Lorenzo Gallardo os cuenta su increíble historia.

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Estamos celebrando, en el sentido auténtico de la palabra “celebrar”, el septuagésimo  aniversario del fin de la Segunda Guerra Mundial. Que pocas oportunidades tenemos de decir la palabra “septuagésimo”, ¿verdad?.

El 8 de mayo de 1945 el Almirante Doenitz, sucesor de facto y por breves horas del Fuhrer, rendía el ejército alemán. La guerra había acabado.

…En Europa. Que la guerra se llamaba guerra mundial por algo…

La guerra continuó en el Pacífico unos meses más. Hasta que un nuevo tipo de petardo cambió el mundo el 6 y el 9 de Agosto en Hiroshima y Nagasaki.

Millones de historias se cuentan sobre el final de la guerra, pero vamos a recordar una que hoy está casi olvidada. Y que es de traca. No se me ocurre un término mejor. De traca.

Esta es la historia de los Zanryū nipponhei. Perdonad pero hace ya casi dos semanas que no hablo japonés… y se me oxida.

El japonés, digo.

Literalmente Zanryū nipponhei significa “japoneses dejados atrás”.

La guerra en el Pacífico no tenía nada que ver con la guerra en Europa. El factor diferenciador era la forma de luchar del japonés.

Leed un poco sobre la cultura de la guerra, del sacrificio extremo, de la lucha total y de la devoción al emperador que estaba en el alma de los japoneses desde hacía siglos. Un alemán se rendía. Un japonés jamás. Y cuando digo jamás quiero decir jamás.

En todo el planeta Tierra no ha habido un pueblo con semejante firmeza y cultura de la victoria o muerte. Una buena introducción es un librito que se reedita constantemente llamado “La espada y el Crisantemo” de la antropóloga Ruth Benedict. Es breve pero informativo. Vale dos duros y os ayudará a entender por qué ese afán perpetuo de hacerse un seppuku. Lo que en occidente llamamos equivocadamente un “harakiri”.

¿Qué eran esos japoneses “dejados atrás”?. Fueron soldados pertenecientes a pequeñas unidades dispersas en las impenetrables junglas que no tuvieron oportunidad de informarse de que la guerra había terminado. Hoy nos parece inconcebible, pero pensad en 3 muchachitos que forman un guarnición aislada en la selva filipina. La guerra acaba y simplemente nadie contacta con ellos.

Un soldado de otro país hubiera intentado contactar pasados unas semanas o unos meses y preguntar “eh, ¿que está pasando aquí?, No, porque se nos está acabando la loción de afeitar, digo…”

Pero en la mentalidad del soldado japonés sólo está la obediencia y el respeto sagrado a su misión.

Esos soldados iban cayendo poco a poco de fiebre, enfermedades o hambre. Los más resistentes se aclimataron a la vida en la selva y esperaron el relevo.

Y esperaron.

Y esperaron…

Durante años estuvieron apareciendo gradualmente. Siempre era noticia. Solía ocurrir así. Un tipo famélico era descubierto robando en una granja. Las autoridades lo buscaban y descubrían que era un soldado japonés, al que tenían que convencer de que la guerra había acabado. Aparecieron en la segunda mitad de los años 40. En los años 50 y atención, ¡en los años 60!.

Por hacer un paralelismo, muy burdo, eso sí. Imaginad que unos soldados del ejército rojo perdidos y aislados en Sierra Morena no se enteran de que Franco ha ganado la guerra en el 39 y en 1982, durante el mundial de Naranjito nos los encontramos un día en una excursión. ¿Qué les cuentas?

Pero hablemos si me lo permitís del teniente Onoda.

El teniente Onoda saltó a los medios de todo el mundo porque apareció todavía tratando de defender el honor del emperador el 20 de Noviembre de 1974,

atención, amigos. Sí. 1974. Llevaba el hombre casi 30 años en la selva ayudando a Japón a ganar la guerra… Una guerra que no sabía que había perdido.

Tras 1945, durante unos años se lanzaron panfletos sobre la selva para informar a posibles soldados de que todo había concluido. Onoda y su unidad decidieron que era un engaño.

Al loro, porque la forma de encontrarlo fue… bueno lo cuento, y luego ponéis vosotros el adjetivo.

Un joven y chalado estudiante llamado Norio Suzuki, como las motos, abandonó la universidad para viajar por el mundo persiguiendo estas tres quimeras: En sus propias palabras: “El teniente Onoda, un panda, y el Abominable Hombre de las Nieves”.

Sospechamos que el yeti no lo encontró. No sé vosotros… lo del panda, tampoco me parece a mí que sea como encontrar  ”Eldorado”… pero bueno, si al chaval le parecía una quimera, pues bien por él.

Lo que sí encontró fue al teniente Onoda. Al que tuvo que convencer de que todo había acabado.

Cuando aceptó, el teniente Onoda lo hizo de la manera apropiada. Se rindió de forma ceremoniosa y oficial entregando su uniforme, que habría que ver como estaba, su espada, su fusil tipo 99 Arisaka, 500 cartuchos y varias granadas de mano.

Su vida posterior es ejemplar. No quiso ser objeto de la atención de los medios ya que pensaba que el Japón moderno había traicionado su modo tradicional de vida. Se mudó a Brasil, donde se casó. Regresó a Japón en 1980 para crear una escuela para ayudar a jóvenes con problemas.

Murió en 2014 con 91 años.

Su aventura puede parecernos risoria y disparatada. Pero yo personalmente le tengo el mayor respeto que se puede tener a un profesional, a un militar y a una persona consecuente con sus ideas y su cultura. Lo que nos parece hoy absurdo era la forma de pensar de su generación. Y fue consecuente con ella, con su deber y con su juramento. ¿Quién puede reírse de eso?

Además, siento ese respeto desde que ocurrió todo. Porque soy lo bastante mayor como para recordar el impacto den las noticias de su historia allá por 1974. Yo era un niño pero me impresionó. Y sigo impresionado.

Hubo otro soldado que apareció incluso después del teniente Onoda.

El soldado Nakamura fue descubierto accidentalmente por un aviador en las selvas de Indonesia en Diciembre del 74. Su historia no es muy diferente a la del teniente Onoda.

Aunque la reacción sí fue diferente en Japón, ya que Nakamura era soldado del ejército, pero no era japonés, sino taiwanés y por ello no recibió los honores y el respeto debido. Como si el sacrificio y la fidelidad al emperador de Nakamura hubiera sido menor. Vergüenza para Japón. Sólo por eso voy a dejar de leer manga.

Atención. en 2005 explotó en los medios la noticia de que habían aparecido dos soldados octogenarios en la misma tradición de Onodo y Nakamura.,

Una historia bonita, pero lamentablemente más falsa que un Judas de plástico.

Sé que os estaréis haciendo esta pregunta: ¿Cuántos soldados perecieron en la jungla después de la guerra esperando órdenes durante 10, 20, 30 o 40 años y de los que jamás oiremos hablar porque murieron en la soledad de la selva?

Al menos murieron sabiendo que habían actuado según su código, de forma honorable y cumpliendo con su deber. Y eso les honra.

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Esta entrada fue publicada por El Punto sobre la Historia.

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